Unos insectos preservados en ámbar hace unos cien millones de años parasitaban a los dinosaurios emplumados, conforme termina de probarse por vez primera

El ámbar da a los científicos una herramienta única para asomarse al planeta millones de años ya antes de la aparición del humano. No solo atrapa los organismos de forma prácticamente instantánea, sino, además de esto, conserva las interactúes entre ellos.

De este modo, el descubrimiento de diez larvas de insecto, preservadas al lado de 2 plumas de dinosaurios en resina fosilizada, ha tolerado a un equipo internacional de estudiosos reconstruir relaciones biológicas que tuvieron sitio hace cien millones de años.

Dinosaurios y piojos

Las conclusiones de su investigación, publicadas este martes en Nature Communications, describen una suerte de insecto extinto, que han bautizado como Mesophthirus engeli y cuyos restos han sido hallados en la provincia de Kachín, en el norte de Birmania.
Las marcas en las plumas encontradas al lado de las larvas coinciden con las que dejan los piojos actuales en las aves que parasitan. Conforme sus descubridores, M. engeli tenía una forma muy afín a la de los piojos modernos, si bien sus órganos para masticar eran sensiblemente más fuertes.

«Los primeros insectos afines a piojos nos asisten a comprender la evolución en ese periodo tan remoto: de qué manera amoldaron sus rasgos morfológicos y su comportamiento para alimentarse de plumas», explica Chungkun Shih, estudioso del Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsonian en Washington.

Los científicos han hallado pruebas de la existencia de insectos parasitarios que se nutrían de sangre tanto en el Jurásico (entre doscientos uno millones y ciento cuarenta y cinco millones de años atrás) como en el Cretáceo (hace entre ciento cuarenta y cinco millones y sesenta y seis millones de años).

No obstante, el origen y la evolución de los primeros parásitos que consumen pelo o bien plumas prosigue despertando muchas incógnitas. Y encontrar restos de invertebrados que vivieron hace millones de años en un estado de conservación que deje detallar su fuente de comestible es exageradamente complejo.

piojos: Testigos de la evolución

Los piojos son una herramienta realmente útil, no tanto para recomponer el puzle de la evolución, mas sí para contrastar que las piezas encajan. Se trata de un animal muy especializado: cada tipo parasita una sola especie y su anatomía se amolda a cada género de piel o bien plumaje. Esta adaptación es tan precisa que cuando el huésped evoluciona, el piojo asimismo acostumbra a diversificarse.

Los que viven en la cabeza humana, por poner un ejemplo, evolucionaron desde el piojo del chimpancé, cuando los ancestros de las dos especies se apartaron, hace unos 5 millones de años. No obstante, el piojo púbico en los sapiens está relacionado con el parásito de los gorilas, especie de la que divergió hace más de doce millones de años.

De esta manera, las subespecies de piojos reflejan, en cierta forma, las ramas de los árboles genealógicos y las relaciones de parentesco en todos y cada familia de animales.

Origen de las especies de piojos

En dos mil once, una investigación publicado en Biology Letters efectuó la primera reconstrucción del árbol genealógico de los piojos, elaborado en base al material genético de las poblaciones actuales y el de 2 fósiles atrapados en ámbar que databan de hace cuarenta y cuatro y cien millones de años.

Los análisis moleculares dejaron a los autores querer que su origen se remontaba considerablemente más atrás en el tiempo de lo que se creía, y que los primeros huéspedes debieron haber sido dinosaurios terópodos, predecesores de las aves. Después, estas podrían haber heredado de los saurios tanto su plumaje como los parásitos.

«Es interesante indicar que en aquel artículo los autores apuntaban que los piojos aparecieron mucho ya antes de lo que se pensaba y que el anfitrión del primer piojo habría sido un dinosaurio, seguramente un terópodo, uno de los ancestros de las aves», apunta Shih, señalando la coincidencia entre los trabajos. «En nuestro estudio hemos identificado un caso de piojos que picaba y dañaba las plumas de los dinosaurios ya en el Cretáceo medio (hace cien millones de años)».

Discute sobre aves y mamíferos con los piojos de fondo

Estos descubrimientos aportan luz al discute sobre la aparición y diversificación de aves y mamíferos. Una primera hipótesis mantiene que los dos conjuntos abundaron a inicios del Cretáceo (que empezó hace ciento cuarenta y cinco millones de años) y que muchos de sus estirpes subsistieron al cataclismo que terminó con los dinosaurios (hace sesenta y cinco millones). La teoría contraria asevera que solo podrían haber proliferado cuando desaparecieron los saurópsidos.

El inconveniente es que en este discute los modelos de ADN y los registros fósiles se contradicen: la cronología que se consigue del análisis genético de los piojos señala una especiación temprana y una diversidad precedente al impacto del asteroide hace sesenta y cinco millones de años. Sus defensores piensan que la rotura del viejo supercontinente Gondwana (hace unos ciento veinte millones de años) pudo abrir la puerta a una primera gran diversificación evolutiva.

Mas el registro fósil no muestra que los mamíferos placentarios se expandiesen, en término de número de especies, hasta el final del Cretáceo hace sesenta y cinco millones, lo que sugiere una relación directa con el acontecimiento cataclísmico que acabo los dinosaurios.

Si bien, como señalaba Vincent Smith, el creador del trabajo en Biology Letters «los piojos son antiquísimos, precedentes al final del Cretáceo, y a lo largo de todos esos años debieron haber vivido en algo».